Las Malvas

8 Marzo 2010 por Néstor Melani Orozco

Foto por Néstor Melani Orozco

Foto por Néstor Melani Orozco

El reverendo ha hecho oración durante toda la mañana. La noche anterior, los sonidos del pasado no permitieron que reconciliara el sueño. Pareciera que las hojas de los árboles no han dejado las molestias a los espacios del prelado. Su tunica negra aun muestra algunas coseduras del largo viaje desde Quito. Así lo contó el Padre Yépez, entre las reminiscencias de aquel claustro del seminario eudista francés, quien fuera como una especie de Alhambra para aquella vieja ciudad de La Grita.

Malvas depositadas en una jarra de vidrio conservan su olor, mientras las húmedas vestiduras permiten hacer recuerdos. El reloj deja en sus péndulos los mortales momentos de cada entierro.

Mientras algunas mariposas revoletean frente a la vidriera donde esta el retrato de Lucia. El personaje de la novela Grítense. Nadie sabe quien es esa mujer, nadie entiende de donde vinieron los viajeros que acompañaron a los arrieros en la propuestas de los recuas de los andes. Y sembrando horizontes trajeron la madera.

Mientras los años pasan el reverendo ha leído los pecados capitales. Quizás los mandamientos de Moisés. Permitiendo invocar los perdones, durante años han volado las golondrinas y la cruz ha permanecido enclavada en el camarín de los maestros Hermanos Escalante. De 1610. A estos años de 1913.

En 303 años de aquella devoción manifestada en Tadea por los frailes de la orden de San Francisco. Fue en ese mismo años de 1913 cuando se edifico el Camarín del Santo Cristo, también se labraron también las puertas de la iglesia matriz del Espíritu Santo. Y con ese mismo olor de las malvas. Como remontando siglos o perdonando los misterios del ultimo pecador. Porque hasta Cristo inocente lo hicieron pecador ante Poncio el español Pilatos. Todo lo sucedido se hizo fresco armónico e Inmenso. Olor a malvas, incienso y sudor de los pueblos.

La tarde se visto de grises tonos. Y María Magdalena, con su gracia santa salio del colegio, exactamente a la hora indicada. Había rocío en las malvas. El viejo órgano alemán. Que trajo Jáuregui en 1892. Entonó los sinfónicos misterios de la consagración. María tan carmelita, diosa, adoratriz. Emprendió la cuesta que la llevaría a la iglesia románica. Muy lejos y muy cerca una oración permitió los acordes del órgano. Mientras los monaguillos se convirtieron en juegos latinos entre la escala de un do mayor hasta el ángelus. En el alquitrave de la santa iglesia solo se dejo sentir el olor de las malvas. Y la paloma eucarística de plata, pareció moverse en lo más alto entre los misterios del órgano y las inocencias de los monaguillos de rojo y blanco permitieron las realidades.

Cuantos misterios. Amor concebido. Sin pecado original. Amor, amor, sal de la vida.

Las luces del incienso enrojizaron el camarín. El sonido de las tablas, el tallador, el pasado que elevo energías. María beso los pies. Untó de mirra el cuerpo del Nazareno. Y coloco malvas en su adormecida cabeza. Más una rosa roja en un costado. Volvieron las voces latinas de los alegres monaguillos. El clérigo se santiguo después de entender la energía que concebía aquel Cristo de nogal antiguo dentro del camarín ordenado por el Ilustrísimo Chacon.

Cuanto dolor. A la esperanza que se dibuja en los signos que cubren los horizontes. Cuanta devoción por los clavos en sus manos. Por su costado. Por la humanidad sin sentimientos, vanidades, desamor. Tiempos nuevos.

Señor de Tadea, como le nombraron los primeros frailes y peregrinos. Manierista y Sagrado. En la verdadera inocencia pura de un escultor. Por las heridas de sus pies. Señor de los milagros, y de aquel pustan que colocaron el primer día después del milagro los ancianos peregrinos misioneros, manto de los mismos hilos de San Francisco de Asís. O de las grandes meditaciones de los siglos. Desde la mar, los océanos, las montañas, las ciudades, los pueblos. Con la raíz de una casta cultura originaria llamanda Humogria y con las voces de los castizos españoles vestidos de frailes. Desde los gritos perpetuos de los Comuneros, hasta la promesa del Libertador comparándole con el Crucifijo de Lepanto. Donde imperó la espada. Y se rompieron las cadenas de la esclavitud. Abriendo un mundo de libres sueños. Donde se sacrificaron las almas. Y más allá de cada silencio en sus mundos oraron los guerreros y emprendieron los años al despertar de las canas de un cristo viejo.

Así lo entendió el reverendo.

María esa tarde con los pétalos de las malvas; edifico de amor un padre nuestro. En los caminos del ande. Miles de peregrinos buscaron la abadía del Santísimo Cristo, aun con calles de piedra y casas de cal, añil revestido de añoranzas y besos pintados en la sublime majestad de algún balcón. Y trajeron flores y milagros, unos de oro, otros de plata, y muchos de espirituales energías a la majestad de Dios dormido en la cruz.

El reverendo hizo oración toda la mañana.

Voces milenarias reclamaron el camarín. Voces negaron la opulencia y las vanidades. Clamaron por los pobres. Primero los humildes. La verdad como realidad de las palabras de Jesús de Nazaret.

El tañer de la campana anuncio el alba de aquel 6 de agosto, cuando las voces cantaron el himno de la esperanza…de allí una luz tan inmensa remontó los cerros y se perdió en el horizonte. Nadie entendió de donde venían los misterios. De donde habían narrado tanto amor los ancianos, de generación en generación. Entonces entre tantas malvas las golondrinas aprendieron el aura de aquel crucifijo milagroso de los andes.

Los años se volvieron inmensas promesas y huellas de cada caminante. Malvas a la vera del camino.

Ahora, después de tanto tiempo. María vive en un convento y en las noches después de sus rezos, anota los recuerdos; ya de vieja, se convirtieron en lunas, amor a Dios y testimonios de tantas oraciones.
Con los años, se dijo que en un cántaro de barro, muy guardado encontraron aquellos libros, y en ellos las huellas de las malvas, la figura de María. Un perisoma color nazareno con dibujos de malvas y una corona de espinas hecha de chiques de rosas silvestres de los páramos…

Mientras los retratos guardaron la imagen de aquel reverendo. Con bonete negro y la suplica para que nunca violaran el madero con el que aquellos hermanos Escalante labraron el nicho para Jesús de Tadea…

Monseñor el viejo Acacio Chacon desde su catedral merideña bendijo a los sabios labradores, mientras el sonido del viento se devolvió en su eco desde las montañas. Los ancianos pidieron misericordia…

El reverendo hizo oración toda la mañana y hojas de malvas recorrieron las calles del pueblo anunciando la lluvia…

El olor de las malvas permanece aun en la madera del camarín de los siglos….

Néstor Melani Orozco°

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